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El árbol de la vida

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El árbol de la vida

Sólo conocemos un sitio en el universo en donde haya surgido la vida. Es sólo un caso, pero de él tenemos que deducir todo lo conocible sobre la vida en el cosmos. Pero este hecho, ha hecho surgir un prejuicio que nos impide concebir adecuadamente cómo sería la vida que pudiera evolucionar en cualquier otro mundo habitable. Eso lo podemos apreciar en las imágenes de la ciencia ficción, o las de los cultos ovni, sobre la apariencia que podrían tener los seres extraterrestres inteligentes, casi todos ellos dotados de un aspecto básicamente humanoide y con características muy esperables, como el ser vertebrados, mamíferos o, en el mejor de los casos, con rasgos de reptil o de insecto.

Es necesario tomar en cuenta ante todo que nuestra apariencia, tamaño y funcionamiento biológico son el resultado de cientos de millones de años de evolución, en donde han incidido, de manera decisiva, varios accidentes tanto climáticos como cósmicos, geológicos y desde luego biológicos, que alteraron o desviaron una tendencia de desarrollo ya muy bien encarrilada.

Tal vez el primer accidente o punto de decisión fue adoptar la química del carbono como base de la aparición de la vida en el planeta. Aunque ello es improbable en la Tierra, la vida con base en la química del silicio no lo es tanto en otros planetas rocosos, más cálidos y masivos.

Pero si consideramos a la química del carbono como la más probable e eficiente para la formación de la vida, el siguiente punto de decisión evolutiva fue la formación de un material genético capaz de conducir y procesar la información bioquímica a lo largo del tiempo. Sin duda, el ADN, o sea el ácido desoxirribonucleico, se impuso en la Tierra sobre otras opciones rivales en un proceso de selección natural que eliminó a otros mecanismos químicos rivales. Sus características geométricas de doble espiral, y su integración con moléculas diversas ensamblables, no son las únicas viables, y sería una increíble coincidencia que una fauna extraterrestre contase con un material genético compatible con el terrícola. Otro punto definitorio fue el de la formación de las células eucarióticas, creadas gracias a la integración simbiótica de varios seres unicelulares preexistentes muy sencillos en el interior de una membrana, donde asumieron varias funciones metabólicas convirtiéndose ahí en los llamados organelos.

La vida en la Tierra dio el gran paso hacia el logro de seres macroscópicos con el agrupamiento de varias células en colonias, con algún tipo de especialización de funciones de sus miembros, lo que dio lugar a los seres multicelulares. Pero el logro de seres de gran tamaño podía haberse alcanzado con la evolución de grandes células vivientes macroscópicas con gran número de organelos, sumergidos en un protoplasma más viscoso y una membrana más resistente.

El siguiente paso evolutivo hacia la aparición del ser humano, y que distingue a la vida en la Tierra de otras posibles, fue la generalización de la simetría bilateral, dejando a un lado otras opciones, como la radial, la cual poseen las estrellas de mar así como otros equinodermos y celenterados.

Vino después otra adaptación notable, que permitió la aparición de seres vivos viables de buen diseño y de una dimensión arbitrariamente grande. Se trata de la segmentación (como la que vemos con mucha claridad en los ciempiés), la que permite unir módulos similares especializados algunos en una función distinta. En los vertebrados es en la espina dorsal –y en la cola– donde podemos apreciar el efecto de esta adaptación en nuestra apariencia.

La siguiente gran adaptación fue el surgimiento de un endoesqueleto óseo, en los propios vertebrados; una variante muy eficaz para alcanzar un gran tamaño, aunque finalmente algo no indispensable en esta finalidad evolutiva.

Ese aspecto humanoide que compartimos con muchos extraterrestres imaginarios, es el resultado de nuestra evolución como seres arbóreos, y posteriormente por haber adoptado la opción de columpiarse con los brazos de las ramas de los árboles, como ocurre con los antropoides, los que perdieron por ello la cola.

Tenemos un rostro con ojos que ve hacia el frente con visión estereoscópica porque nuestros antepasados, que vivían en los árboles, necesitaban apreciar a qué distancia se encuentra la rama a la que se quiere saltar.

Los típicos extraterrestres humanoides “grises”, favoritos de los ovniólogos, tuvieron que haber evolucionado en un medio similar y eso francamente resultaría ser mucha coincidencia.

Pero sabiendo todo lo anterior, es posible especular de manera civilizada sobre cómo pudieran ser formas de vida inteligentes, y hasta de capacidades tecnológicas en los diversos rincones del cosmos, perdiéndose así ese rasgo de inefabilidad que tiende a poseer todo intento de describir a una forma de vida evolucionada en otro planeta.

Seres unicelulares gigantescos, a manera de amibas con cerebro y capacidad de manipulación, pueden ser los amos en planetas de gran humedad.

Colonias de seres multicelulares –como las hormigas–, integrados todos más estrechamente, y comunicados con una especie de sistema nervioso de secreciones químicas, podrían elaborar y manipular objetos de gran tamaño.

Todos los senderos no recorridos por la evolución en el árbol de la vida en la Tierra pueden así llevar a la formación de especies inteligentes y tecnológicamente dotadas, de aspecto inimaginable para nosotros.

Referencias

Evry Schatzman. Los Niños de Urania. Bibiloteca Científica Salvat. Barcelona, 1986.
S. Shklovskii ,Carl Sagan, Intelligent Life in the Universe. Holden Day, San Francisco 1976.
Peter Ulmschneider, Intelligent Life in the Universe: Principles and Requirements Behind Its Emergence (Advances in Astrobiology and Biogeophysics), Springer. Berlin, 2006

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